martes, 29 de abril de 2008

En torno a lo que es un Mito

1. ¿QUÉ ES ESO DE UN MITO?

Los antiguos griegos creían que los dioses y diosas, muy semejantes a los hombres corrientes, aunque dotados de poderes mágicos, eran los responsables de las cosas prodigiosas que ocurrían en el mundo. Contaban relatos sobre cómo los seres divinos vencieron a los monstruos que habitaban originalmente la Tierra y acerca de héroes que llevaron a cabo hazañas maravillosas.


Según el diccionario, el mito es la creencia o noción valiosas para una comunidad humana determinada que la conserva y transmite. Bajo la forma de un relato, el mito ofrece una explicación de fenómenos naturales o evoca supuestos episodios de la vida de los antepasados. Los mitos son casi siempre dramáticos y sagrados: forman parte integrante de la religión y de la magia, cuyos símbolos utilizan.

Permiten al hombre situarse en el tiempo, unirse al pasado y al futuro. Por lo tanto el mundo mítico está íntimamente ligado al real. Los seres míticos rigen con frecuencia los fenómenos naturales, cuyas víctimas o beneficiarios son los hombres; a veces, los propios fenómenos naturales han sido erigidos en seres míticos. Los mitos tranquilizan al hombre al afirmar su pertenencia a una realidad continua. Pero también son la emanación de una sociedad y llevan las huellas de sus estructuras, que a su vez legitiman.
En realidad, el mundo de los mitos no obedece a reglas fijas: las cosas, los animales, cualquier ser puede estar animado, pueden realizarse todas las metamorfosis; un solo ser, una sola cosa puede revestir múltiples formas. A veces, estos múltiples relatos se organizan, se integran en un conjunto mitológico.

Todos estos relatos aparecen como sucedidos en épocas pasadas, las cuales en la mayoría de las sociedades de tipo arcaico, se sitúan tan sólo dos o tres generaciones atrás. De hecho, los mitos siempre aparecen como subyacentes al mundo material, pues los seres míticos continúan actuando para los contemporáneos, por ejemplo produciendo las tempestades, la lluvia, etc. Aparte de esta acción permanente, los mismos hombres perpetúan los mitos gracias al rito. Con ocasión de las grandes fiestas, los mitos son representados por miembros de la sociedad, que mantienen de este modo su actualidad. A través de ello, el grupo social toma conciencia de su perennidad. La imitación de los antepasados proporciona una justificación y tranquiliza los ánimos, unido a que el mito proporciona también una explicación coherente de la realidad.


La diferencia entre mito y cuento está en que el mito se define por su connotación religiosa. Esta connotación religiosa hace que puedan resultar verdaderos para la persona que cree en ellos aunque éstos sean inverosímiles. Los mitos tienen una estructura de cuento (principio, nudo, desenlace y final). Los personajes suelen ser o dioses o héroes que sobrepasan el carácter de lo humano, y se enfrentan a situaciones sobrehumanas. Los mitos clásicos (griegos y latinos) tienen un fuerte carácter antropomórfico (comportamientos muy humanos). Otra diferencia con los cuentos es que los mitos tratan temas como la Cosmogonía (creación del mundo), Teogonía (nacimiento de los dioses), Escatología (referidos al fin del mundo o a la muerte), temas que no tratan los cuentos.


Los mitos tienen un carácter ritual y simbólico. En un cuento no hay exigencia de creer en él, pero en los mitos la sociedad cree en ellos. Los mitos se transmiten de generación en generación, y es a partir del siglo V a.C. cuando se empieza a cuestionar la veracidad de los mitos, tras la aparición de los filósofos, que lo cuestionan todo. A partir de este siglo el mito cada vez es un tema más literario. Los romanos, al haber heredado los mitos de los griegos, casi no creían en ellos.


Todo orden social conocido hasta el presente se mantiene unido por un sistema de mitos. Ninguna sociedad puede conservar una cierta estabilidad, a menos que los mitos sobre los que descansa -el mito del poder, de la libertad, de la ley, etc.- permanezcan como valores fundamentales para el hombre. En ellos el rito desempeña un papel muy importante, puesto que, merced a la constante repetición que le es propia, la fácil asociación de ideas llega a inculcar un sentido de rectitud así como de inevitabilidad. El proceder rítmico armoniza emocionalmente al individuo atrayéndole a las ideas correspondientes. El rito y la ceremonia se graban sin necesidad de explicación, de razonamiento. Transmiten una sensación de verdades más amplias, cuya sensación jamás puede ser plenamente experimentada o comprendida por los individuos. "La Iglesia", "el Estado", "la ley" y "Dios" pueden parecer lejanas abstracciones; pero, en cambio, los ritos de la Iglesia, la coronación del rey, la investidura del presidente, el protocolo de los tribunales, la comitiva hacia la tumba o el altar, parecen acercar a los hombres estas cosas invisibles e incluso dar corporeidad a su propia esencia.

2. CLASES DE MITOS.

Se distinguen varias clases de mitos:

· a) Mitos teogónicos: Relatan el origen y la historia de los dioses. Por ejemplo, Atenea surgiendo armada de la cabeza de Zeus. A veces, en las sociedades de tipo arcaico, los dioses no son preexistentes al hombre. Por el contrario, frecuentemente los hombres pueden transformarse en cosas, en animales y en dioses. Los dioses no siempre son tratados con respeto: están muy cercanos a los hombres y pueden ser héroes o víctimas de aventuras parecidas a las de los hombres.

· b) Mitos cosmogónicos: Intentan explicar la creación del mundo. Son los más universalmente extendidos y de los que existe mayor cantidad. A menudo, la tierra, se considera como originada de un océano primigenio. A veces, una raza de gigantes, como los titanes, desempeña una función determinante en esta creación; en este caso tales gigantes, que son semidioses, constituyen la primera población de la tierra. Por su parte, el hombre puede ser creado a partir de cualquier materia, guijarro o puñado de tierra, a partir de un animal, de una planta o de un árbol. Los dioses le enseñan a vivir sobre la tierra.

· c) Mitos etiológicos: Explican el origen de los seres y de las cosas; intentan dar una explicación a las peculiaridades del presente. No constituyen forzosamente un conjunto coherente y a veces toman la apariencia de fábulas.

· d) Mitos escatológicos: Son los que intentan explicar el futuro, el fin del mundo; actualmente, en nuestras sociedades aún tienen amplia audiencia. Estos mitos comprenden dos clases principales: los del fin del mundo por el agua, o por el fuego. A menudo tienen un origen astrológico. La inminencia del fin se anuncia por una mayor frecuencia de eclipses, terremotos, y toda clase de catástrofes naturales inexplicables, y que aterrorizan a los humanos.

· e) Mitos morales: Aparecen en casi todas las sociedades: lucha del bien y del mal, ángeles y demonio, etc. En definitiva, los inventos y las técnicas particularmente importantes para un grupo social dado se hallan sacralizadas en un mito. Los ritos periódicos contribuyen a asegurar su perennidad y constituyen de esta forma una especie de seguro para los hombres. Las fiestas a que dan lugar son para los hombres ocasión de comunicarse con las fuerzas sobrenaturales y de asegurarse su benevolencia.

3. ¿CÓMO HAN LLEGADO LOS MITOS HASTA NOSOTROS?

Tales narraciones, o mitos, tal vez se remonten a mil años antes del nacimiento de Cristo. Se transmitieron de generación en generación, primero a través de canciones y poemas, y luego en escritos del género más variado. En la civilización occidental hallamos esos mitos reproducidos en obras famosas de la escultura, pintura, literatura y música. Incluso influyen en el vocabulario que usamos. Un atlas, por ejemplo, debe su nombre al gigante Atlas, que sostuvo sobre sus hombros la Tierra.


Es muy probable que, si no hubiesen existido los grandes escritores clásicos, se ignorase esta mitología. Parte de ella se encuentra en poemas breves y una gran porción de la misma en obras más largas, llamadas epopeyas, que refieren historias enteras. La Ilíada y la Odisea de Homero son las fuentes más célebres de estos mitos. Dos notables poetas, Hesíodo y Píndaro, y los grandes autores trágicos Esquilo, Sófocles y

Eurípides contribuyeron de modo sobresaliente a la transmisión de la mitología griega.

Los romanos, imitadores de Grecia en múltiples aspectos, se limitaron a copiar los relatos griegos, hasta el punto de que en muchos casos no hicieron más que dar nombres latinos a los dioses y diosas que habían acogido. Los poetas Virgilio y Ovidio nos proporcionan la interpretación y las tradiciones romanas de los mitos.


Los mitos no se narraban como tales en forma literaria, sino que se aludían a ellos. Excepto Hesíodo, no había relatos literarios de mitos (contar dentro de una misma obra un mito detrás de otro) hasta el siglo II d. C. Los trágicos aluden al mito y lo manipulan conscientemente. Esto es así porque no era necesario contar el mito entero, sino que se mantenía el mito por la tradición y de forma oral generación tras generación. Así las obras literarias sólo tenían que aludir a ellos. Nuestro conocimiento de los mitos es a través de estas alusiones.

CARACTERÍSTICAS BÁSICAS DE LOS MITOS

Algunos rasgos básicos de los mitos pueden ser recapitulados ahora:

Los mitos tocan cualquier esfera de la vida y la experiencia humanas y aunque se componen de una variedad de cuentos, los mitos son percibidos como una sola narración que todo lo abarca, la cual se supone ha sido entregada a los hombres por los dioses, siendo, en virtud de esa circunstancia, verdadera y sagrada al mismo tiempo. Estas son las razones que permiten describir a los mitos como un Relato Sagrado, Universal y Veraz.

Sin embargo, para alguien reacio a entrar en el contexto mítico, lo que podría quedar de la descripción sería apenas el Relato, y éste mismo podría desmembrarse en un sinnúmero de historias. Una visión profana no aceptaría lo Sagrado, y la idea de lo Universal que todo lo abarca podría diluirse en las miríadas de detalles nunca mencionados por los mitos. Finalmente lo que es Verdadero, que podría depender de la verificación de los hechos, tendría que retroceder, dado que los mitos no son verificables. Y aún cuando la verificación fuera aplicada a algunos aspectos de los mitos —por ejemplo los que se parecen a narrativas históricas o los que establecen la realidad de localidades que constituyen las escena de muchos mitos —otros aspectos, entre los cuales la cosmogonía y la teogonía apenas representarían los ejemplos más evidentes, podrían permanecer para siempre fuera de nuestro alcance.

Desde este punto de vista profano, entonces, lo que quedaría serían apenas historias de origen desconocido, que no pueden ser verificadas pero que sin embargo se proclaman a sí mismas como verdaderas. Esta manera de ver se deriva de una elección existencial que, como Mircea Eliade describió, hace asumir al hombre amítico, irreligioso o profano, una trágica existencia a la que no se le puede negar cierta grandeza, mientras que a su contrario —a quien posee el sentido de lo sagrado —le atribuyen (aún los profanos mismos) una vida mejor: «El hombre religioso es feliz en su imaginación...» [Ludwig A. Feuerbach (1804-1872), Das Wesen des Christentums]. La visión típicamente profana no puede ser reconciliada con la percepción de los mitos en tanto que Sagrado Relato Universal y Veraz, pero por otra parte es posible aproximarse a los mitos por una variedad de caminos intermedios, pues ellos muestran un sorprendente potencial para rendir resultados valiosos independientemente de la elección existencial, la manera de abordarlos o la línea de investigación.

Los detalles de los mitos ni se creen ni se descreen; la principal razón es que los mitos no se ocupan del creer o el descreer, dado que la fe se encuentra en la esfera de la religión, la magia y la superstición, y la incredulidad pertenece a la visión profana, la cual es ajena a los mitos. Los mitos proveen el material y las imágenes con las que sus vástagos —el arte, la religión, la filosofía o la ciencia —fundamentan y desarrollan sus propias actividades. Por esta razón la mente mítica será proclive a considerar el completo distanciamiento de cualquiera de esos vástagos de la fuente mítica y su pretensión de haber encontrado la verdad en su propia esfera de actividad —no sólo en los detalles sino también en relación al conjunto —como una forma de arrogancia (hybris) que suele provenir de la complacencia que se deriva del éxito, una condición que se juzga provisoria.

Interpretación de los mitos

Se puede suponer que la mente mítica percibe significados y reconoce que los mitos representan realidades distintas de las que se desprenden de las narraciones mismas. Pero la mente mítica percibe esos significados y representaciones en los mitos de una manera holgada si se la compara con la mente interpretativa, pues ésta organiza sistemáticamente los diferentes componentes en un esfuerzo intencional cuyo propósito es revelar la naturaleza de los mitos y explicar consistentemente lo que ellos y sus componentes son realmente y de donde provienen. La mente mítica no tiene necesidad de sistematizar, pues ya siente que comprende o, como dice Kerényi, «vive en el mito». Es cuando la comprensión parece desfallecer que se introducen el análisis, la sistematización y la interpretación, para que ellos, actuando como cirujanos, puedan reconstruir lo que se ha desmembrado.

Esta cirugía, que ha tenido su propia vida productiva, comenzó gradualmente, pero ya en el Siglo VI AC distintas corrientes creyeron que los mitos representaban significados ocultos, cuerpos celestes o fenómenos naturales (alegoristas y simbolistas). Más adelante se supuso que los mitos tuvieron su origen en aspectos triviales de la vida cotidiana (pseudo-racionalistas como Paléfato en el siglo IV AC), mientras que el evemerismo trocó los dioses en hombres. El evemerismo deriva su nombre de Evémero (fl. 300 AC), famoso por haber despojado a los dioses de su naturaleza divina, de manera que Urano, Cronos y Zeus se transformaron en reyes de un pasado remoto [véase también Breve historia de los mitos].

En épocas más recientes los mitos fueron explicados a través de su cercana relación con los ritos y la manipulación mágica (James G. Frazer, 1854-1941) o con instituciones o costumbres sociales (Bronislaw Malinowski, 1884-1942). Los mitos han sido vistos como metáforas originadas en las instancias inconscientes de la mente humana, como en el trabajo de Sigmund Freud (1856-1939) y en las ramificaciones de su pensamiento psicoanalítico (C. G. Jung, 1875-1951). Se ha también puesto al descubierto su estructura interna y se han analizado sus componentes (Claude Lévi-Strauss and Edmund Ronald Leach, 1910-89). Estos son sólo unos pocos ejemplos tomados de un gran número de nombres y teorías provenientes de muchos campos de investigación, tales como la filología, la antropología o la sociología, incluidos los esfuerzos que podrían ser agrupados bajo el título de mitología comparada, cuya figura más representativa en el Siglo XIX fue Friedrich Max Müller.

En el correr de los siglos XIX y XX, la investigación científica introdujo métodos que intentan determinar las fuentes exactas de cada historia, clasificarlas de acuerdo a las características de sus elementos narrativos, y tratar de establecer su origen a través de la utilización de métodos comparativos. Estos métodos se han relacionado, no pocas veces, con las ya tradicionales subdivisiones de los mitos expuestas por H. J. Rose de acuerdo con el siguiente modelo (entre paréntesis se encuentran los nombres equivalentes en alemán):

· El Mito propiamente dicho (Mythos) comprende la cosmogonía, teogonía y los fenómenos naturales. Todos los mitos llamados etiológicos (que establecen las causas y orígenes de las cosas) pertenecen a esta categoría.

· La Leyenda (Sage) incluye las historias de héroes, ocupándose a menudo con aquellos hechos que tienen la apariencia de acontecimientos históricos (el término escandinavo saga tiene un significado más amplio y no se refiere exclusivamente, al menos en Escandinavia, a la narración históricamente basada).

· El Cuento popular (Märchen) se ocupa de historias de personas notables que pueden ser de familia, época y comarca desconocidas. Aparte de esto el término es utilizado para los cuentos de hadas —con o sin hadas —y el ejemplo típico es el de la colección realizada por los hermanos Grimm.

Esta clasificación rara vez encuentra historias químicamente puras—las cuales suelen albergar elementos pertenecientes a dos o aún a las tres categorías—y ha encontrado también que «los mitos de un hombre son las leyendas, o la saga o el cuento popular de otro.» [G. S. Kirk. The Nature of the Greek Myths]. A pesar de sus dificultades, esta subdivisión de los mitos ha rendido resultados interesantes e instructivos en varios respectos y, por ejemplo, una colección de temas de cuentos populares ha sido compilada en los seis volúmenes de Stith Thompson (1885-1976), Motif-index of Folk-literature.

Pese a que el trabajo de interpretación no ha proporcionado una explicación general de los mitos, es sin duda el resultado de extensas investigaciones que han puesto en tensión la imaginación de sus autores, permitiéndoles separadamente revelar alegorías, símbolos, significados racionales, raíces históricas, conexiones rituales, implicancias morales, indicaciones mágicas, representaciones naturales, modelos estructurales, imaginación ingenua, realidades psicológicas, y muchas otras cosas que los mitos contienen. Sin embargo—y a pesar de los muchos efectos secundarios positivos de estas investigaciones—las teorías universales, habiendo apuntado a una explicación general y siendo a la vez muy distintas en cuanto a sus puntos de partida, se matan las unas a las otras como si fueran Espartos. Sugieren así involuntariamente que el privilegio de tratar a los mitos de manera adecuada retorna idealmente al poeta, puesto que la revelación del significado parece haber sido alcanzado de mejor manera a través de las variaciones de las narraciones míticas mismas o mediante la focalización en detalles míticos realizada por la literatura y otras artes.

Las variaciones de los relatos míticos, y aún las contradicciones que en ellos se encuentran, son acertadamente percibidas como benéficas, por estimular la comprensión en distintos niveles y por permitir la reorganización subjetiva del material. Las versiones contradictorias, que incluso pueden aparecer en los escritos de un mismo autor, contribuyen a vitalizar los mitos, reproduciendo en ellos—tomados como entidad—los conflictos descritos en las narraciones. Las consecuencias artísticas y psicológicas de este hecho—que está ausente en la ficción—no se atenúan (curiosamente) aún si sus causas fueran reveladas: por ejemplo probando que es el resultado de interpolaciones, errores o agregados tardíos. Los mitos parecen presentar, en este respecto, un caso en el cual el arte y el significado aparecen más allá de toda intención.

Finalmente puede notarse que si todas las teorías de interpretación—tanto modernas como antiguas—se pusieran juntas, se cubriría una extensión muy amplia que revelaría, no sólo su gran cantidad sino también las importantes discrepancias existentes entre las más altas autoridades, así como también la diversidad de sus puntos de partida. Recordemos apenas que los mitos han sido considerado tanto como metáforas de la mente, capaces de crear salud mental, o como reflejos de estructuras sociales jerárquicas. Estos puntos de vista no son necesariamente contradictorios pero—dejando detalles de lado—señalemos la que es probablemente la discrepancia más honda: por una parte se ha dicho que los mitos fueron creados por mentes de aguda inteligencia y por la otra que son el resultado de la actividad de mentes primitivas. Por un lado se ha visto en ellos representaciones precisas del mundo, símbolos veraces de la mente, o sabias doctrinas inteligentemente disfrazadas, y por otro lado se les ha igualado con la imaginación ingenua, o con formas primitivas de comprensión y expresión.

Alguno podría creer que estas diferencias han sido gradualmente eliminadas por la exactitud de la investigación científica, inaugurándose de esa manera una nueva época. Sin embargo, también podrá notar que los resultados de la investigación científica exhiben a veces una notable semejanza con las interpretaciones antiguas. No se precisaría más que pensar en los viejos fantasmas del alegorismo, el simbolismo o el evemerismo y su capacidad de reencarnación; pero como ilustración puede servir el comparar la interpretación de Salustio, a propósito de El Juicio de Paris, con la del distinguido neocomparativista, el profesor Georges Dumézil (1898-1986). Salustio—a quien se identifica como amigo del emperador Juliano, llamado el Apóstata (AD 361-3)—afirma (citado por H. J. Rose) que la manzana de Eris significa el universo y que las diferentes diosas ofrecen diversos dones al mismo universo, razón por la cual todas desean la posesión de la manzana. Paris, que vive guiado solamente por los sentidos, le otorga la manzana a Afrodita, porque ella es la diosa de la sensualidad. El profesor Dumézil llega—por caminos acaso más arduos—a similar conclusión: en su manera de ver Paris elige el placer terreno (Afrodita) y rechaza la soberanía (Hera) y la proeza militar (Atenea). La explicación de este mito la encuentra Dumézil en la mentalidad indoeuropea la cual, según sus demostraciones, siente afinidad por cierta ley del tres que conduce a la división tripartita, tanto en la sociedad como en el mundo sobrenatural.

Que los mitos son obras de arte parece a veces pasarle desapercibido a la mente interpretativa. El silencio de Áyax en el mundo subterráneo puede llamarse sublime, aunque también sabemos que está enojado. ¿Pero cómo interpretaremos la sublimidad? ¿Y qué representa el silencio?

Luego de más de dos milenios de estudio de los mitos parece razonable y hasta justo preguntar: ¿Pueden explicarse los mitos? Y en tal caso, ¿es deseable que se los explique, de la misma manera como, por ejemplo, la curación del cáncer puede ser deseable? ¿Podemos conocer el origen de los mitos y su significado? O inversamente: ¿pueden los mitos explicar algo? Todo conocimiento merece reverencia, uno piensa. Y sin embargo el conocimiento no puede representar todo lo que vale la pena, ya que por sí mismo no puede poner obstáculos a lo injusto o lo violento, y tanto la curación del cáncer como el cargar las armas están atendidas por el conocimiento.

¿Qué dirían los mitos mismos en este respecto? La respuesta homérica era, como vimos antes, que los hombres no poseen conocimiento sino rumores. Sin embargo la tradición estableció al Sí mismo como el objeto más elevado de estudio, dado que el consejo de Apolo en Delfos era «conócete a ti mismo». Aunque enigmáticas, estas breves palabras hicieron accesible al hombre el conocimiento interno, restableciendo la proporción en relación al aprendizaje externo, el cual es, pese a todas sus dificultades, el más común y el más fácil de obtener.

Hoy como ayer, todo lo que aprendemos afecta la totalidad del carácter y la mente, y sin embargo nada parece impedir que el aprendizaje externo y su progenie informativa pierda toda proporción, ya que en este respecto «La mayor cantidad es recomendada como un bien incuestionable...» [Philip Gilbert Hamerton, The Intellectual Life]. Por eso es relevante preguntarse qué es lo que se quiere aprender y cuánto, de manera que el aprendizaje interno y el externo, encontrando su base común y su justa medida, puedan mejorar nuestras vidas. El lenguaje, la métrica, el análisis literario y la crítica son valiosos y exigen muchos años de aprendizaje. Pero el conocimiento de la literatura difiere de la vivencia de la misma. Saber y vivir son cosas distintas y también éstas deben guardar las proporciones, a menos que haya que decir (con las palabras de Browning): «Este hombre resolvió no Vivir sino Saber —Entierren a este hombre aquí.» De manera similar, el significado de los mitos aún persiste y puede ser percibido independientemente de la habilidad que tengamos para develarlos analíticamente.